Michelene Chi y Ruth Wylie publicaron en 2014 una manera de ordenar esto que se llama ICAP, por las iniciales de sus cuatro niveles en inglés. La idea es que lo que predice el aprendizaje no es cuánto se mueve la pantalla sino qué tiene que producir la persona, y que los cuatro niveles se ordenan: interactivo por encima de constructivo, constructivo por encima de activo, y activo por encima de pasivo.
La frontera que importa está entre activo y constructivo, y es donde se cae la mayoría del material que se produce hoy. Activo es hacer algo con el material sin añadirle nada: subrayar, copiar, repetir, arrastrar una ficha a su casilla, hacer clic para avanzar. Hay movimiento, hay atención y no hay nada nuevo. Constructivo es producir algo que no estaba: una explicación con palabras propias, una predicción, un ejemplo del contexto de uno, una comparación que nadie escribió.
Arrastrar y soltar es el caso emblemático porque parece lo contrario de lo que es. Se siente muy interactivo, se ve muy moderno y, si las casillas están bien etiquetadas, se puede completar por descarte sin haber entendido nada. La pieza de León tenía 24 interacciones: al clasificarlas una por una salieron 19 activas, 5 pasivas y ninguna constructiva.